«Mi idiota interior sigue pensando que no hay mal en el mundo»

Dicen que la madurez quita lo ingenuo, pero ¿es ingenuo soñar con justicia y verdad? Para un mundo mejor, ¿qué debería cambiar? ¿Qué hace falta?

De niña siempre asumí que las personas debían decir siempre la verdad.  Mi padre, un hombre justo, recto y ejemplar, con una disciplina germana que heredé levemente, siempre actuó con honestidad, generosidad y bondad. Mi madre, mujer noble y entregada a la crianza de ocho hijos, dio siempre lo mejor de sí. Devota como ella sola, encontraba siempre lo bueno de las personas. Todo ello me trasmitieron mis padres con amor. Me crie pensando que no existían personas malintencionadas, o que solo estaban en los cuentos de hadas, encarnadas en los personajes de la bruja mala o del villano de las películas de vaqueros.

Desde mi mundo infantil, mi idiota interior sigue pensando que no hay mal en el mundo y que nuestros gobernantes, simbólicamente los “padres de la patria”, actuarán inundados de los valores más sublimes. Ellos nos debieran asegurar, a la manera de mis padres, todas las condiciones que nos preserven de los males, que nos eduquen y nos brinden las herramientas para tener los medios de vida. Pero lo más importante, los doctores y las medicinas para aliviarnos cuando nos enfermemos.

Esta niña ingenua se pregunta asombrada “¿Qué está pasando en el Perú? ¿Qué está sucediendo en el mundo? ¿Qué cosa cambió? ¿No era que todos son buenos, que el mundo debe ser justo y que la verdad siempre triunfa?”. Mi idiota interior sigue totalmente convencida de que, si alguien hace algo incorrecto que daña al otro, deberá reconocer su error y la justicia tendrá que hacerse cargo. Castigar a los malos y premiar a los buenos.

«Me crie pensando que no existían personas malintencionadas, o que solo estaban en los cuentos de hadas, encarnadas en los personajes de la bruja mala o del villano de las películas de vaqueros».

Me pregunto cómo coexiste mi idiota interior con este mundo caótico, donde el egoísmo, la violencia, la indolencia, el maltrato, el abuso, el cinismo y la falta de empatía nos revienta en la cara. La pandemia ha sacado los peores males de nosotros mismos, de la sociedad en que vivimos. Ha puesto en el escenario las grandes desigualdades. A pesar de ello, mi idiota interior sigue ilusionada con un mundo mejor. Un mundo sin violencia, en el que, en algún momento, las personas buenas tomarán el poder y pensarán en el otro; en el que, quienes se llenaron los bolsillos con el dolor ajeno, tendrán vergüenza e irán corriendo a devolver lo que robaron para construir un gran hospital, donde todos los enfermos puedan curarse. Un mundo en el que todos nos unamos y la justicia triunfe.

Estas últimas semanas mi idiota interior ha querido creer que el gobierno nos dice la verdad y ha hecho todo lo posible por combatir la pandemia, pensando siempre en la población más excluida, construyendo una gran fábrica de oxígeno para que nadie muera porque le faltó el aliento de vida que necesitaba. Que siempre primarán los intereses del país frente a los de los políticos. Que nuestros representantes siempre actuarán defendiendo los derechos de todos los seres humanos.  Que se cumplió el contrato con el Hospital Diospi Suyana en Curahuasi-Abancay. Que la Comisión de Salud y Población aprobó el proyecto de modificatoria de la Ley de Salud Mental, generando un gran proyecto nacional inclusivo, sin egoísmos de gremios y empresas. Y que la Mesa directiva del Congreso consideró de urgencia nacional y primera prioridad llevar a debate el informe de la Comisión Investigadora de Abusos Sexuales contra Menores en Organizaciones.

Me he dado cuenta de que soy una completa idiota de pies a cabeza. Una ingenua, una ilusa denodada, una persona que todavía cree en los cuentos de hadas. Pero no me importa serlo, pues me quedan todavía resquicios de ilusión. Esto me lleva a un gran dilema existencial: seguir creyendo que el mundo puede cambiar, o volverme una verdadera y feliz cínica que trabaje solo por su sueldo, bebiendo cerveza en las esquinas.


<strong>Carmen Wurst</strong>
Carmen Wurst

Mamá y abuela de diez nietos. Es la mayor de ocho hermanos. Asumió el papel de cuidadora desde muy niña, un papel que sigue con sus pacientes a quienes escucha y consuela (es psicoterapueta). Agradece a todas las personas que en algún momento confiaron en ella. Se comprometió con los derechos humanos. La tortura, la desaparicición forzada, las detenciones arbitrarias, el abuso sexual infantil y la violencia contra las mujeres hicieron que alzara la voz, que escribiera y que conformara equipos para que las personas pudieran encontrar verdad y justicia. «Gracias a Machucabotones salí del anonimato» nos dice. Fue alumna del taller #CreaTuBlog

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