Sentirnos parte de esta tierra nos hermana

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «CARTA AL PERÚ» 
INDICACIÓN AL LECTOR: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos.


Le escribo al Perú, sintiéndome tan parte de él, arraigada en sus paisajes perfectos, sinuosos, encantadores; su historia fascinante plagada de sometimiento, a la vez de mucho coraje y lucha, en pro de la libertad; su gente conocedora de su riqueza, espera siempre con los brazos abiertos compartiendo lo que tienen en la mesa,  la querencia que nos une al Perú es un cordón umbilical, que alimenta, sostiene y empuja a defenderlo de todo aquel que pretende someterlo una vez más, es difícil explicar el sentimiento que me genera ser peruana, lo resumo en una fuerza invisible que me empuja a preservar su legado, a sentir en la piel cualquier agravio o vejamen de quienes buscan repartirse mi país cual botín de guerra; es la tierra que nos alimenta, nos cobija, entrañablemente como un padre a sus hijos.

Hoy como antes sentirnos peruanos y peruanas nos llena el pecho de orgullo, de ese sentimiento que nos hace querer conocer sus maravillas en su geografía tan compleja y peculiar, llena de vistas dignas de postales, con una flora y fauna envidiable, degustar todos sus platos y porque no aprender a prepararlos, disfrutar sus bailes, que debo reconocer son tan bastos como coloridos, alegres, elegantes, que transmiten mucha fuerza, no hay lugar en el Perú que no tenga su folklore tan enraizado en sus pobladores, eso lo he visto en cada lugar que tenido ocasión de visitar.

El Perú está cumpliendo 200 años de ser una nación independiente, del yugo español, agradezco a la vida la oportunidad de presenciar este acontecimiento, somos un país tan heterogéneo, desde nuestros orígenes hemos sido la suma de culturas autónomas, cada una con su propia riqueza, cultural, social, artística, medicinal, sobre todo dispuestos a defender su autonomía ante la invasión de rebeldes y valientes guerreros provenientes de regiones vecinas, sin embargo los incas fueron los únicos que lograron someter a estas culturas a costa de perder muchas vidas como todas las expansiones territoriales en la historia de la humanidad, la nuestra también estuvo plagada de muerte y derramamiento de sangre para lograr imponerse como soberanos, en el Perú el imperio incaico dominó por años gran parte del territorio del Tahuantinsuyo, su expansión alcanzó territorios de naciones vecinas, como sabemos en esa época no existían las fronteras que hoy conocemos.

Es desde ese comienzo que nace nuestra diversidad, sumado a ello, la llegada de los españoles, no a conquistar como siempre nos han repetido, sino a someter a un pueblo con el objetivo de llevarse las riquezas y tesoros que poseíamos, el mestizaje con la sangre hispana, también enriqueció nuestra cultura, paralelamente se forjó una barrera una distancia insalvable entre los hijos del mestizaje frente a los hijos del mundo indígena. Con el transcurrir del tiempo surgieron rebeliones, enfrentamientos, batallas, en pro de la independencia, así pasamos del sometimiento español a ser el país soberano y autónomo que somos hoy, sin embargo, nuestras diferencias, se han mantenido, por más que la ignoremos o pretendamos no verlas allí están.

«la querencia que nos une al Perú es un cordón umbilical, que alimenta, sostiene y empuja a defenderlo de todo aquel que pretende someterlo una vez más»

Ésta marcada distancia se evidencia en nuestra vida social y política, desde mi experiencia he comprobado que, cada vez que elegimos autoridades que guiarán al país, la visión del mundo urbano sobre todo capitalino, contrasta radicalmente con la mirada del mundo andino indígena, como oí decir a alguien hace poco “el Perú es el país más difícil de gobernar por lo diverso que es” entiendo que es verdad; a pesar de ser consciente del tipo de sociedad que somos, caracterizada por la inequidad, discriminación, individualismo. Anhelo ver en un futuro cercano, a esta misma sociedad, más equitativa, inclusiva, tolerante y respetuosa; me enorgullece ser heredera de tanta historia fascinante, por nuestra sangre recorre todas las vivencias, toda esa fuerza, de nuestros antepasados, bien decía José María Arguedas, somos una patria de “todas las sangres”.

Le escribo a los niños y niñas del presente, a quienes sin saberlo han llegado en el cumpleaños 200 del Perú, tamaña virtud, a ellos y ellas les digo que su nación es grande, en su historia, cultura, geografía, gastronomía, folklore, segura estoy que al saberlo sentirán el mismo orgullo que nosotros, me detendría a contarles lo poco que aprendí y descubrí de este gran país, mi pasión al hablar, mi fascinación narrándoles cada historia haría que los niños y niñas sientan el mismo apego a su tierra y a sus orígenes como yo; despertaría en sus consciencias el deseo de cuidar y proteger su tierra, que aprendan a ejercer su ciudadanía de manera responsable.

Escribo esta carta al Perú, desde la cálida tierra de Ica, el valle iqueño es variado, prodigioso, enigmático, su paisaje en parte desértico parece sacado de una leyenda del lejano oriente medio, caminar descalza y subir sus enormes dunas de arena en las inmediaciones de la laguna Huacachina, es una experiencia única, muy recomendada, sentir la arena tibia en la planta de los pies, llegar a la cima de alguna duna, divisar desde allí el paisaje que rodea es como estar en alguna de las historias bíblicas o de las películas ambientadas en Egipto o lugares similares, Ica es una ciudad cosmopolita acoge a todas las personas que la visitan o deciden quedarse, brindando su calor abrazador sobre todo durante el verano. Desde Chincha hasta Nasca, pasando por Pisco, Ica y Palpa, podemos encontrar abundante riqueza histórica y paisajística, su recorrido permite distinguir climas variados, playas tranquilas y cálidas, reservas naturales en estado puro; como la de Paracas, exquisita gastronomía, licores como el vino y el pisco que son su máximo orgullo a lo largo de todo el valle, producción de frutas; como el mango, la uva, la naranja, mandarina, palta, menestras, más al sur lo enigmático de las Líneas de Nasca, imperdible; es decir sobran razones para venir. Recomiendo a cada peruano y peruana si tiene la posibilidad de permitirse viajar que lo haga, pero que priorice hacerlo dentro de nuestro Perú, recorrerlo y conocer cada rincón, ello probablemente nos haría un poco más empáticos y seriamos una mejor sociedad.

«mi hermano mayor logró ser parte de la escolta y para toda mi familia era el mayor orgullo observarlo desfilar por las calles principales en la ciudad de San Ramón en Chanchamayo»

No puedo escribirle al Perú, sin mencionar a la persona más patriota que conozco, aunque él ya no está físicamente conmigo, su elevado amor por el Perú, me formó, es mi padre, Don Marcial, de joven sirvió al ejército peruano eso y su formación educativa en años donde el civismo y patriotismo eran parte de la currícula, hicieron que él viva amando su raza y su nación, cuando éramos niños, durante la preparación para los desfiles escolares, mi padre nos inculcaba el honor que representaba marchar por fiestas patrias, si nos esforzábamos más pertenecer a la escolta o algún batallón especial del colegio, era lo máximo, mi hermano mayor logró ser parte de la escolta y para toda mi familia era el mayor orgullo observarlo desfilar por las calles principales en la ciudad de San Ramón en Chanchamayo, lugar donde vivimos por un buen tiempo; con la marcialidad que impone pertenecer a la escolta, portando una escopeta al lado de la bandera nacional, los ojos de mi padre se llenaban de lágrimas viéndonos en cada desfile a lo largo de nuestros años estudiantiles, el segundo de mis hermanos y yo también nos esforzábamos para destacar en cada fecha cívica que demandaba marchar.

Marcial Aréstegui, padre de la autora, feliz.

Escuchar por ejemplo el himno nacional y cantarlo también llegaban a emocionarlo hasta las lágrimas, a mi padre, donde estuviera, ya sea en un parque, durante el izamiento del pabellón nacional, o en su centro educativo donde ejerció la docencia, o en casa, siempre se le mojaban los ojos; le pasaba lo mismo escuchando un huayno ayacuchano, huancaíno o apurimeño, este último su tierra natal, crecí viendo en él esa sensibilidad, era inevitable que me contagie, no solo a mi sino a mí madre, mis hermanos, compartimos  este sentimiento elevado de patriotismo.

Ahora yo tengo a mi hija Paulita de 6 años, ella cuando me oye indignarme mientras leo o escucho alguna noticia de corrupción o de ofensa al Perú, se molesta igual, quizás por imitación, pero poco a poco veo que está desarrollando su propio vínculo con su tierra con su origen, cuando paseamos por las calles y ve las banderas peruanas en las casas flameando me dice “¡mamá! Mira la bandera de nuestro amado Perú” me emociono igual que mi padre. Termino esta carta al Perú deseando con todas mis fuerzas verlo realmente libre, soberano, amado por sus hijos e hijas, como dice una frase, “él que no ama a su patria no ama a su madre”. Sentirnos parte de esta tierra nos hermana, nos une, debemos usar ese sentimiento como un combustible para procurar el verdadero desarrollo y prosperidad del país, con una sociedad empática, sensible, resiliente, suena utópico, pero no hay nada de malo en soñar. Gracias.            


Autora: Jéssica Aréstegui.

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