En contra de una mente obtusa

El progreso nunca es lineal, por eso, querer celebrar un logro cada día puede ser angustiante. Aún así, es posible sobrevivir los días en los que no se ha tenido qué celebrar. Disfrutar el proceso: esa es la clave.

¿Cuál es mi lucha? Muchas ideas rondan mi cabeza. Mi rodilla gritó: “¡Yo soy la primera!”. OK, rodi, calma, sé muy bien que eres una de mis luchas diarias, me lo haces recordar todos los días. Aún así, prefiero tomar otro camino.

Una lucha personal que tramito este año está ligada a la ansiedad.

Hoy, cuando regresaba de entrenar muy temprano —ocho de la mañana—, recordé el camino que he tenido que atravesar para llegar a donde estoy. Un camino tortuoso, acaramelado, delicioso y hostigante, que este año me ha hecho tomar decisiones fuertes. Todos los días me repito: “Disfruta del proceso, preciosa, porque nadie más que tú misma valorará este esfuerzo que haces, y la meta debe sentirse tan rica como el proceso”. Esta frase es la suma de varias películas, lecturas de autoayuda, frases tomadas de amistades y reflexiones nocturnas mientras me comía el mundo entero.

Nada mejor que ejercicio para combatir una mente obtusa. / Captura de la autora.

Recuerdo alguna noche en donde tenía tanta ansiedad, que tuve que dejar de comer porque me entraron ganas de vomitar. Ese día sentí que mi cuerpo pedía a gritos que dejara de hacerme daño; sin embargo, mi mente estaba muy obtusa como para oír. Fueron varios días y varias noches de comida chatarra ingerida por mi tráquea, procesada por mi estómago y lamentada por mi alma.

No sabía cómo parar. Miraba a mi alrededor y veía gente que subía y bajaba de peso. Me miraba con rabia. Yo no era así. “¿Qué te pasa? Tú no eres así. ¿Quién eres tú?”. ¡Cuántas veces me pregunté esto frente al espejo! ¡Un millón! ¿Eso me ayudó? NO.

mi mente cegada por la ansiedad no veía el sufrimiento de sus congéneres

¿Qué me ayudó? Creo que cuando no pensé y solo cogí el teléfono, le escribí a mi psicólogo y le dije “Por favor, veámonos”. Creo que ahí pude sentir que la pedida de ayuda no fue de mi mente, sino de mi cuerpo; de mi estómago sofocado de tanta azúcar; de mi hígado llorando entre tanta grasa trans; y de mi corazón cansado de latir angustioso.

Ahora que enlisto mis órganos, no me había percatado del mal que le estaba haciendo a mi cuerpo. Vale recordar la frase: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. En este caso, mi mente cegada por la ansiedad no veía el sufrimiento de sus congéneres. Claro, mientras tanto, la capitana del grupo iba cayendo lentamente en el delirio de la ansiedad y la ofuscación mental.

Así lucen los platos que ahora come Samantha. / Captura de la autora.

Comencé este escrito con términos como acaramelada o deliciosa, y es porque mi ansiedad se desencadenó con la comida (situación extraña en mi vida, ya que mi relación con ella siempre fue hermosa, debido sobre todo a mi pasión por la cocina).

Un día la cagué, pero ahora estoy en camino a resarcir esa situación. ¿Lo lograré? ¡Sí, carajo!


<strong>Samantha Quispe</strong>
Samantha Quispe

Le dicen Sam. Es psicóloga de profesión, pero todista en la vida. Ama aprender habilidades nuevas, como deportes o instrumentos de música. Así colecciona historias que va escribiendo en el transcurrir de su vida.

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